lunes, 1 de junio de 2009

Encuentro



Normalmente no creo en la magia. Ya sabes, en lo sobrenatural, en los seres mitológicos y legendarios. Los típicos seres que solo aparecen en las leyendas y los cuentos. Eso era antes. Desde ayer, ya no es así.

Era un día como otro cualquiera, volvía de estar en el centro comercial con mis amigos. Estos días no me apetece salir, estoy demasiado ocupada leyendo. Pero no es culpa mía. Los libros me absorben. Me llevaban a lugares que me es imposible ir en la vida real. Hacen que viva experiencias inimaginables y hacen volar mi imaginación. Leyendo un libro me desconecto del día a día y soy yo misma. Soy quién quiero ser. Pero lograron convencerme y, al final, salí. No hacía mucho tiempo que había salido de casa por última vez, pero me sorprendió la calidez del sol, el roce del viento en contacto con mi piel, la claridad del cielo. El verano nunca me gustó, ni la playa, ni el sol. Prefiero el frío, la lluvia y la nieve. Pero fue como si, después de un largo letargo, el sol, el calor, el aire, me hicieran despertar y observar de cerca todo lo que había a mi alrededor.
Estos días oscurece muy tarde pero, entre risas y anécdotas, era hora de irse. Mi casa está bastante lejos de nuestros sitios habituales de quedada, por eso tenía que irme algo antes que los demás. Pero ese día me fui a la misma hora que todos, y llegaba tarde a casa. No se qué me llevó tomar aquel camino, pero el caso es que fui por el peor sitio que podía haber elegido.
Por ese viejo túnel no se veía ni un alma, pero cualquiera se puede esconder entre las sombras. Eran días calurosos pero, justo antes de entrar, pasó una súbita ráfaga de viento. No me paré a preguntarme que la había provocado así que, entre.
Frío, oscuridad, soledad… y al final una luz. Odiaba ese lugar. Quería salir como fuera. Parecía como si me fuese quedando sin respiración poco a poco. Mi respiración se acelero. Corrí hacía el final de aquel repugnante túnel que me ponía los pelos de punta. Cuando ya solo me separaban unos pasos de la luz, aparecieron.
No sabía si llamarles humanos. A simple vista tenían la apariencia de un hombre. Pero su piel era marmórea, pálida y congelada. Si no fuera porque se movían y hablaban, habría jurado que eran estatuas. Pero ahí no fue cuando comencé a creer, no. En esos momentos, no pensaba en eso. Pensaba en mi vida, corría peligro. Me lo decía el instinto. Aquellos hombres me matarían si no hacía algo, pero me fue imposible. No sé como, pero no podía moverme. Mi cerebro les decía a mis piernas que se movieran, pero ellas se quedaron quietas, inmóviles. Estaba perdida. Mientras tanto, aquellos hombres hablaron entre si y entonces, uno de ellos se acerco a mí con lentitud. Era muy atractivo, pero una sonrisa maliciosa y aquellos ojos rojo sangre estropeaba aquel bello rostro. Me agarró, y me echo la cabeza hacía atrás. Acercó su boca a mi garganta, con la intención de morderme con esos largos y afilados colmillos. Cerré los ojos con fuerza, mientras sollozaba en silencio. Entonces, sucedió…
Una nueva ráfaga de viento pasó a mi lado. Abrí los ojos y el hombre que antes me tenía agarrada yacía en el suelo y, encima de él, un hombre le desgarraba la yugular sirviéndose de unos enormes colmillos. Miré a un lado y a otro, pero del otro hombre ni rastro. Mientras que el misterioso hombre seguía con su sangriento trabajo, yo me planteé huir. Pero ardía en deseos de saber quién era aquel ser misterioso que me había salvado la vida… Mientras tanto, el hombre ya había finalizado el trabajo y se giraba hacía mi. Era como ellos. Con ese cuerpo tan estilizado, aquella piel y aquellos ojos. Se colocó delante de mí y pude verlo con mayor nitidez. Tenía algo que ellos no tenían. Sus ojos no eras de aquel rojo sangre. Eran de un increíble azul cielo con un solo destello rojizo en el centro, casi invisible. Era extremadamente atractivo. Su cabello, de un color negro brillante, intentaba ocultar aquellos hermosos ojos que me miraban con fijeza. No tenía miedo. Me inspiraba confianza. Aunque también podría influir que yo cogía confianza con cualquiera.
-¿Quién eres? Mejor dicho, ¿Qué eres? - le dije intentando parecer relajada.
- Con un simple gracias habría bastado - dijo con una suave voz aterciopelada mientras dejaba entrever una dulce sonrisa de entre sus labios.
Me sonrojé y él lo notó, aunque no me sorprendió, ya que era bastante fácil que se me notasen los colores con aquella pálida piel… Él dejó escapar una risita y yo volví a sonrojarme todavía más.
-¿No me vas a contestar? - dije mirándole con gesto interrogativo.
-Me llamo Robert, pero tu puedes llamarme Rob - y volviendo a sonreír me dijo.-¿Y tú?
-Yo soy Violet - y le tendí la mano.
-Encantado - y entonces él, que estaba algo lejos, llegó hasta mi en un suspiro, me levantó el mentón muy delicadamente y depositó un suave beso en mi mejilla. Su simple roce, sumado al inesperado acto de confianza, me provocó tal escalofrío que empecé a temblar y a respirar con dificultad. Estaba increíblemente frío pero, contra todo pronostico, me provocó un suave cosquilleo de placer que enseguida intente disimular girando la cara, mientras me ruborizaba. Él lo notó y se separó bruscamente de mi.
-Lo siento – dijo – Perdona mi atrevimiento pero es que hueles muy bien – y me dirigió una tímida sonrisa, como intentando disculparse por lo que había dicho o hecho.
-Bueno... - dije para cambiar de tema – ¿Me vas a decir que eres o me vas a dejar a medias? Porque está claro que una persona no eres o por lo menos no una persona normal...
De súbito se puso serio y me dijo:
-Será mejor que te lo cuente mientras te acompaño a casa - y dicho esto me cogió del brazo y me guió hasta el final del túnel.
Mi casa no estaba muy lejos de allí, ya que se podía ver perfectamente desde donde estábamos. Era un bloque de tres edificios de siete plantas de color rosa pálido. Me sorprendió que, sin él conocerme de nada, supiera perfectamente por donde ir. Seguimos andando y ya habíamos pasado el paso de cebra para llegar a mi calle. Estaba empezando a impacientarme y le iba a decir algo, cuando él se me adelanto. Ya estábamos en mi portal
-Bueno ya hemos llegado – dijo sin soltarme del brazo.
-Aún no me has dicho que eres – le dije con mirada acusadora.
-Ahora mismo estarás muy cansada por lo que ha pasado hace un rato en él túnel, así que te lo contaré todo mañana en la cena.
¿“ La cena “ ? ¿Quién había dicho algo de ir a cenar? ¿Era cosa mía o me había lanzado una indirecta muy directa?
-¿Qué te hace pensar que voy a ir a cenar con un hombre al que solo conozco de una noche?
-Te he salvado la vida, esa es razón más que suficiente para confiar en mi – y me dirigió una arrebatadora sonrisa.
Eso había sido un golpe bajo, no me podía negar y además... ¿qué chica iba a rechazar una cena con alguien como él?
-Vale – dije mientras, inconscientemente, me enrollaba en el dedo un mechón de pelo y se me subían los colores. Mientras, él me había soltado del brazo y yo me dirigía a abrir la puerta del portal. Entonces él me rodeo la cintura con sus brazos y me susurró al oído “ Mañana a las nueve estaré aquí, te espero “ Y depositó sus fríos labios sobre mi garganta. Cuando me di la vuelta para despedirme, él ya se había ido.

jueves, 1 de enero de 2009

El túnel


La luna brillaba e iluminaba la calle fría y solitaria… ¿solitaria? No del todo. Una figura se mueve por las calles oscuras en dirección a su casa. Es una muchacha de tez pálida, casi blanca y ojos verde oscuro. Camina con prisa, como si temiera ser asaltada por alguien en cualquier momento. No le gusta ese lugar. Nunca le gustó. Su madre siempre la asustó hablándole sobre los muchos violadores y drogadictos que pasaban por allí, pero ahora no podía echarse atrás. No sabía muy bien lo que la había empujado a ir hacía ese lugar, a alejarse de su camino habitual de regreso a casa e ir hasta él. Hasta el túnel. Ya estaba a pocos metros de él cuando, de repente, pasó una súbita ráfaga de viento que le alboroto los cabellos y le impidió ver con claridad. Se adentro en él y todo fue oscuridad. No se veía nada, solo la solitaria y tenue luz que indicaba el final de aquel tortuoso y escalofriante túnel. Normalmente era bastante corto pero, en ese momento, le pareció mucho más largo de lo normal. “Serán cosas mías”, se dijo. Y siguió andando. Pero a medida que avanzaba, el túnel seguía siendo igual o más largo que antes. Los nervios la invadieron. Comenzó a correr desesperadamente hacía aquella luz, aquel resquicio de esperanza que le quedaba y que indicaba la salvación. SU salvación. Entonces la luz se fue acercando más y más. Comenzó a relajar los músculos y a decelerar su paso. Ya no corría, andaba. Solo le quedaba recorrer un pequeño tramo y ya estaría fuera, a salvo. La invadió una anticipada seguridad. Pero, de repente, se cruzó en su camino la estilizada silueta de un hombre. Era alto y delgado, pero no se fijó en su cuerpo. Unos cabellos rubios y brillantes intentaban ocultar un rostro marmóreo en el que destacaban unos ojos de un rojo sangre que le helaron las venas. Comenzó a retroceder poco a poco, pero se topó con otro hombre, esta vez de cabello moreno, que la miraba con los mismos ojos, esta vez desorbitados, que el anterior. No sabía que hacer. Le temblaban las manos y, aunque quería echarse a correr, le fue imposible. Fue como si una fuerza sobre humana la impulsase a quedarse donde estaba, inmóvil. El segundo hombre se acerco a ella con paso decidido y con una escalofriante sonrisa pintada en la cara. Pero el primero, que antes estaba al otro lado de ella, se colocó al lado de este asiéndole del brazo antes de que pudiera ponerle una mano encima, todo eso en una fracción de segundo.
- Espera, aún es pronto. Dijo, mirándolo primero a él y luego a ella.
-Me da igual, hace días que no he probado bocado y tiene una pinta…, dijo acercándose aún más a ella, además, ¿quién sería el imbécil que vendría hasta aquí? Dijo mirándola y riéndose entre dientes.
El otro aflojó la mano y el del cabello moreno siguió avanzando hacia ella, con esos ojos desorbitados y aquella sonrisa maliciosa. No saldría de esta. Moriría a manos de un violador psicópata o algo peor. ¿Que hacía días que no había probado bocado?, eso le sonaba de algo… pero no, esos seres no existían, lo poco que sabía de ellos lo había aprendido de los libros. Mientras ella cavilaba sobre que era lo que pretendía ese hombre, este ya estaba cogiéndola por la cintura y acercándola más y más hacia él. Ella intentó zafarse, pero le fue imposible, era increíblemente fuerte. Él acerco sus labios a su cuello y, si no fuera porque estaba muerta de miedo, habría jurado que le habían salido unos blancos y afilados colmillos. Se dio cuenta de que era su perdición, su vida pasó por delante de sus ojos como en una película. Había tantas cosas que no había hecho, tantas cosas que quería hacer… Solamente tenía quince años… Cerró los ojos con fuerza y, aunque no quería, comenzó a llorar en silencio. La boca del hombre solo estaba a escasos centímetros de su cuello desnudo y blanco. Había perdido toda esperanza, moriría. Entonces, sucedió…